Revista Literaria Periódico Cultural

Febrero, 2009

27.2.2009 GMT

Crónicas del hombre alto / La memoria en los dedos

Crónica nº 36: La memoria en los dedos (febrero 2008)

"El cuerpo tiene más memoria que el cerebro".
(Philip Roth)

La única decisión que mi abuela paterna tomó respecto del destino final de sus pertenencias fue la de legarme el piano. Un piano vertical alemán sexagenario. El mismo con el que le había dado clases a cientos de niños santafesinos que pasaron por el Conservatorio Di Bernardo.en las décadas del '20 y del '30. El mismo en el que mi tía había estudiado metódicamente hasta obtener su título de profesora. El mismo en el que mi papá se las ingeniaba para sacar canciones usando solamente su dedo índice.
Para cuando mi abuela manifestó su voluntad respecto del piano, yo tenía veinte años y hacía rato que había dejado atrás mis precoces logros musicales. Tocaba de oído, con mucho entusiasmo pero escasa técnica. Sin embargo, aún con mis limitaciones a cuestas, a ella le gustaba que yo hiciera sonar el piano cuando iba a visitarla. No sé, supongo que, acostumbrada como estaba a vivir rodeada de música, le habrá parecido un pecado imperdonable que un instrumento permaneciera mudo.
Cuando mi abuela murió, el piano recaló en mi casa, tal cual ella lo había dispuesto. Desde entonces, sentarme a tocar en él se transformó en una costumbre casi cotidiana a la que dedicaba gustoso aunque más no fuera unos minutos. No hablo de estudiar, ni de practicar, ni de esforzarme por progresar. Hablo de tocar; simplemente tocar. Me resultaba casi terapéutico hacerlo. En esos momentos, mi mente lograba desembarazarse de las preocupaciones diarias y de las existenciales. La música interrumpía ese vicio mío de pensar demasiado y me concedía un espacio de paz interior que, fuera de esa circunstancia, se volvía inalcanzable.
Continué con tan saludable hábito por unos años, hasta que mis sucesivas mudanzas me fueron llevando a viviendas cuyas características edilicias tornaban poco recomendable incluir un piano en el mobiliario.
El 1º de enero pasado, después de los brindis de Año Nuevo en casa de mis padres, me dejé llevar por el impulso de levantar la tapa del "Rachals" y garabatear algunos sonidos en su entrañable mixtura de madera y marfil. No estaba tan desafinado como esperaba, pero algunas de sus teclas evidenciaban signos de una considerable disfonía. Me senté en el viejo taburete giratorio y me puse a tocar. Llevaba realmente mucho tiempo sin hacerlo, y cierta enojosa insistencia de mis dedos en desobedecer mis órdenes mentales se encargó de recordármelo con suma franqueza. Seguramente, el continuado de boleros y música de películas antiguas al que recurrí para darle el gusto al auditorio presente se escuchó esta vez un tanto deslucido, pero nadie de entre los oyentes me lo reprochó.
De pronto, en medio del concierto, mientras decidía qué tocar a continuación, mis manos se desentendieron de mi voluntad y se deslizaron por su cuenta hacia el dibujo de una melodía dulzona que al principio no logré identificar con precisión. Tardé varios segundos en reconocerla: era el valsecito que había compuesto para mi abuela y que solia tocar en aquellas visitas que le hacía. Me pareció asombroso, ya que, como mínimo, yo no había siquiera tarareado esa melodía en los últimos diez años. Y sin embargo, ahí andaban mis dedos, jugando caprichosos con aquella sucesión de notas que había permanecido sumergida en mi subconsciente durante tanto tiempo, demostrándome que eran capaces de recordarla sin mi ayuda.
Fue como abrir la compuerta de un dique. En cuestión de segundos, me vinieron a la cabeza numerosas escenas familiares en las que, invariablemente, el piano ocupaba el centro de la anécdota evocada. Pensé en mi otra abuela, la materna, que también tocaba, y eso me llevó a volcar mi repertorio hacia ciertos tangos y valses con los que ella acostumbraba satisfacer mis requerimientos infantiles: "Adiós muchachos", "Lágrtmas y sonrisas", "Santiago del Estero"...
Me puse contento. Acaso antojadizamente, sentí que estaba homenajeando a mis abuelos. Y no quisiera incurrir en sentimentalismos baratos, pero mientras tocaba imaginé que ellos andaban por ahí cerca, escuchando con alegría, aprobando reconfortados que su nieto los recordara de esa forma.
Algo cansado, interrumpí mi recital por unos minutos y pedí que me acercaran algo fresco para reponerme del calor. Mientras bebía, caí en la cuenta de algo en lo que nunca había reparado hasta ese momento, y es que mis dedos guardan una herencia familiar intangible pero invaluable, atesoran una historia poblada por remotos paisajes sonoros de los cuales provengo, y que han contribuído a hacer de mí lo que soy.
Tuve la certeza de que iba a escribir algo al respecto. Vislumbré un pantallazo general de lo que iba a ser el texto, y hasta supe cómo iba a titularlo. Hubiera podido permanecer suspendido en esa fantasía creadora durante un buen rato pero, apenas advertí que -una vez más- estaba pensando demasiado, detuve mi maquinaria mental de inmediato.
Mis abuelos me estaban pidiendo un bis, y no era justo hacerlos esperar. Así que me acomodé de nuevo frente al teclado y me puse a tocar "Gricel".
Publicado por Alfredo Di Bernardo en 11:37





Alfredo Di Bernardo
Escritor argentino, nacido en Santa Fe (1965). Textos de su autoría se hallan publicados en revistas literarias de Argentina, España, Cuba y Austria (en este último caso, traducidos al alemán), así como también en revistas electrónicas y en sitios de Internet. Ha publicado los siguientes libros: "El Regalador de colores" (cuentos), 1993; "La realidad y otras mentiras" (cuentos), 1999; "Informe sobre miopes" (novela), 2001. Desde 2002 edita "El Regalador", micropublicación virtual, semanal y gratuita que se difunde mediante correo electrónico y llega de ese modo a lectores de 28 países.
http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/



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26.2.2009 GMT

Los Escondidos Encantos de Baruta

LOS ESCONDIDOS ENCANTOS DE BARUTA
Domingo 22.2.2.009

Hola amigos todos, les cuento:

Aprovechando la soledad de Caracas, nuestra excursión citadina tomó destino a la cercana población de Baruta, hacia el sureste en la periferia de la capital. Como se celebraba el carnaval muchos pobladores salieron hacia diferentes rumbos y por ello el autopista hacia el este estaba con muy poca afluencia de vehículos, ello permitió que con mucha calma llegáramos pronto, total tampoco teníamos prisa. El día algo nublado y con una incipiente lluviecita, nuestra primera parada tuvo lugar en la Universidad Simón Bolívar, donde hicimos una corta travesía recorriendo algunas colinas para observar de cerca las plantas que allí florecen, vimos muchísimas bromelias adheridas a los árboles, me hizo gracia ver que en el techo de tejas de una pérgola destinada a esparcimiento, crecían felizmente varios árboles pequeños enredados en madejas de lianas y bromelias, con nidos de pájaros. Lamentablemente habrá que desalojarlos de allí si no queremos que el techo con el peso se hunda, fuimos también a la represa tapizada totalmente en su superficie por plantas, el agua sabemos que está allí pero no se ve, hasta creo que es agua estancada sin ninguna utilidad no más de servir de caldo de cultivo para zancudos, subimos por uno de los caminos hasta la parte alta para observar y deleitarnos con el paisaje que desde ahí se divisa, aunque seguía lloviznando.

El mustio tiempo y el ejercicio nos abrió el apetito y sin empacho alguno, decidimos saborear unas exquisitas cachapas con queso y un buen café cargado. Restauradas las fuerzas nuestra próxima parada fue en Baruta en las afueras, donde escondida entre muchooo malojo y material de desecho, afortunadamente nada orgánico, sólo muebles, papeles, latas, un colchón, pipotes, etc..Valientemente con nuestro Capitán al frente y con un machete en mano nos internamos unos cuantos metros hacia una pared rocosa y alta, en ella abren sus ojos oscuros y profundos dos aberturas hacia unas cuevas misteriosas.

El “sendero” que abrimos termina en una cantidad de rocas grandes, recostadas unas de otras que se han desprendido del “farallón” donde está la cueva, en la entrada de ella hay resquebrajaduras y grietas que así lo demuestran, no nos atrevimos a subir por allí y mucho menos ni siquiera asomarnos a ella, la entrada de la mayor está muy obstaculizada por piedras y troncos además del peligro de otro derrumbe o cualquier desagradable sorpresa que pudiese haber adentro. Además tiene guardianes, zamuros que vuelan y sobrevuelan arriba y una de ellos se alteró un poco, ya que tenía una cría en un saliente, y le estaba dando de comer, No me pareció esto muy hermoso que digamos este acto de natura. La madre estaba nerviosilla y yo peor que ella, así que salimos rápido de allí. Luego en vehículo nos llegamos hasta el “Peñón/mirador/de Baruta”, tuvimos acceso a él caminando por un senderito entre maleza, pero está limpio y despejado. A su término que no es largo se encuentra un promontorio de rocas grandes donde sobresale una en especial que vista desde abajo parece la proa de un barco, el viento silba con fuerza y es una delicia el frescor que da, la vegetación de maleza baila con el viento como si fuese un oleaje en el mar verde. El día cambió a un sol resplandeciente y sentada allí viendo a mi alrededor aquel extenso paisaje de la ciudad a la vez no me sentí en ella.

Nuestra última visita nos llevó más allá en las afueras casi de Baruta, hacia la urbanización La Trinidad, zona edificada de grandes y bellos condominios, por detrás de uno de ellos bajamos por otro caminito medio perdido y la sorpresa fue mayúscula, ahí bien escondida pero sorpresivamente bella, está la Laguna Negra. No es grande, se ve profunda y oscura y nos damos cuenta que se surte de aguas subterráneas, es un lugar hermoso rodeado de farallones de piedras altas, bañada por el sol según se mueve éste, al derredor hay plantas y flores. Yo la conocí hace mucho tiempo en 1962, aquello era “monte y culebra” donde íbamos a excursionar los muchachos, algunos nadaban allí. Hoy supe que un chico perdió la vida ahí también al lanzarse de cabeza sin medir la profundidad. Sería interesante el rescate de ésta bellezura por los mismos vecinos. Vale la pena.
Y hasta acá nos trajo el río por este día.

Nos vemos en la próxima,

Edilia C. de Borges
Fotos: Sven Nehlín (entrada de la cueva, reponiendo fuerzas con cachapas y laguna Negra)



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10.2.2009 GMT

Colaboración... Palabra visual...María José Mures

Abriendo página

Abriendo página

que no termina

abriendo espera

descargando…

nada descarga,

pero cargo

con el vacío.

Vi…

da tus palabras

son

muerte si no descargan.

Para un jueves

Para un diez de enero

del año ―que yo también empiezo a dudar―

¿será mañana?

Estaré quiescente para besarte

al final de tus palabras.

Un diez de enero

para nuestras vidas.

Principio sin Arquímedes

Dame una palabra

de apoyo y moveré la Tierra.

Dame ADN

y que se caiga el mundo.

Dame el rincón

donde tus piernas

apuntalan la noche.

Me cuesta mi vida

Abro los ojos, invades los míos,

la mañana amenaza

con un trozo de rutina.

No estás…

cuesta la vida,

así la tarde, la noche y más, tu ausencia.

Todos los cuartos descompletan el día.

Teníamos aviso de ausencia

el peor de los tornados que no torna.

Sin ángel

Me quedé sin ángel

se desplumó solo,

se quitó las alas

y salió volando

y con ellas

ni siquiera escribió.

Ángel caído y estrellado.

Así

Que cómo quiero,

si eres tú…

como tú quieras

si soy yo siempre da igual

ni pasión barroca

ni devaneo rococó.

Tiresias

Quiero ver tu desnudo

pero no lo de Tiresias.

http://palabravisual.blogspot.com/



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