Revista Literaria Periódico Cultural

12.1.2010 GMT

Salvador Pliego Mejico Libro La independencia Poesía

1

México

Libro II

La independencia

SALVADOR PLIEGO 2

Copyright © 2010

COPYRIGHT by Salvador Pliego. All rights reserved.

Houston, Tx. USA

Todos los derechos reservados. Este libro no puede ser parcial o totalmente copiado o reproducido de cualquier forma sin autorización del autor.

Derechos reservados por el autor y debidamente registrado. 3

México independiente

I

¡Claro!, digo aún tocándonos las manos,

los gerundios, los codos en los verbos,

los adjetivos llenos de pujanza

y correteados como grillos en el palpitar

o en las plazas;

cuántas patrias de las nuestras,

de los Méxicos de piedra –arcaicos como el sol

o la luna desde la vereda, sedientos en su forma,

matizados en la historia, levantados y templados,

y en sus cuerpos piedras, y en las piedras rocas, gradas,

esperando a las campanas;

digo entonces, ¿cuántas patrias se prendieron

y rodando en las laderas se sumaron voluntarias?

Porque voluntarios fueron

los ojos estacionados en la Alhóndiga de Granaditas

que azuzaban y espoleaban,

los pechos que a las balas sosegaban,

las mantas blancas que los indios,

entre hogaza, taco y salsa, en sus manos levantaban,

las llamadas desde el atrio, 4

las consignas de rosarios, los púlpitos prendidos

en las horas de batalla.

Digo, voluntarios, que su gramática a las letras liberaba.

Nosotros, por supuesto, nosotros,

sabrán que fuimos de ignorantes

hasta crear los alfabetos, a darle forma a la sílaba,

a conjugarla en las pencas,

a forjar en un islote plumas, colmillos, garras,

la serpiente emplumada y luego las palabras.

Digo que andarán la tierra

sin órdenes, sin reglas palaciegas,

sin regias moldaduras,

acuñando nuevas y más profundas jefaturas.

Dictemos cátedra, ahora, en todas direcciones:

en la suma convencional y en las tareas,

en los pizarrones verdes y en la voz de tinta fresca,

en la misma escritura sin acento y sin comilla.

Soñé la patria nuestra, voluntarios:

iba en marcha hacia la furia,

iba despertando la aritmética en las tablas, 5

las vocales atentas al sonido,

las pólvoras geográficas que hacían diptongos

en cada uno de los ojos, ¡nuestros ojos!,

y se enlistaban al diploma o al currículum vitae

de los niños.

Digo, ¡claro!, si es tocándonos las manos,

si es mirándonos los ojos:

las campanas tañen el tintero con fina ortografía.

¡Salgan a su encuentro, anoten direcciones,

que los niños cuenten y sumen el diámetro de soles,

que con reglas coloreen los fluidos de orográficos canales

donde los secretos del hombre anunciaban esplendores,

que de sus mochilas los lápices sin punta

dialoguen o muestren el carbón hecho pirita,

que de la orilla de los pechos sostenga baldes con pinceles,

papeles de alegría, hojas jubilosas, plumas de alborozo!

¡Niños del voluntariado, a escribir las oraciones!

II

Escucho, en ese recorrido, los pasos aguerridos.

Y corren: juntos, en pedazos, de pie, de lado, 6

acuerpados en el mismo pecho,

con las barbas afeitadas de la cólera del día;

corren, simplemente, en marcha:

de cuatro en cuatro y mil en fondo.

La aritmética no sabe, el algoritmo no responde.

Porque empezó en la piedra el hombre y ahora cuentan batallones.

Se fueron ordenando en fila hacia la muerte,

en fila hasta la vida.

¡Nos están llamando! De dos en dos, de dos en cuatro, de cuatro en ocho,

en las sumas intuitivas y en las costillas virreinales,

en los ojos, como siempre, fundidos en las manos y en las venas;

en suma exponencial hacia el futuro.

Hombres tutelares de las muecas, del huarache raído,

de los pies descalzos y sagrados: ¡ya era hora!

¡Qué sabe la aritmética de ustedes!

¡Qué saben los quebrados de las cimas o el altar en la muralla,

del sangrado de los pechos tras perdida la batalla,

del ónix enclavado en la arteria hasta secarla!

Hombres constelados: ya era hora de sumar

guijarros a las piedras, y a las piedras cántaros de agua, 7

y a los cántaros los vientres,

y a los vientres las cejas enclaustradas.

Nos miramos, ¡cuántas veces nos miramos!,

la piedra habla en la boca sin saber nunca del otro.

Pero en la saliva, con el péndulo en los dedos, nos miramos.

Entonces entendimos.

¡Qué arte de plumaje! ¡Qué arte serpentario!

¡Ya era hora!

Batallones de la tierra, soldados de la hierba,

universales combatientes del maíz y de la greda:

¡qué rabia libertaria de los hijos del consuelo!

Y el amor se vino todo junto, todo entero.

En marcha, digo, ¡ya era hora!

De dos en dos y un puño en cuatro,

de tres en cinco y el azadón el siete y luego el nueve.

La aritmética en la marcha, el ábaco en los dientes.

¡Nos están llamando!

Batallones del encuentro, del álgebra en la plaza,

de los dedos en la mira:

¡a contar!, ¡a contar!;

de dos en dos y dos en siete; 8

de dos en dos y luego nueve.

III

No habéis nacido a la guerra, campanarios.

Alzad las venas, la poesía, los sucesos de los brazos,

la historia humana de las rocas en su alfabético deseo.

Convenientemente, así lo escucho,

desde el trasfondo de la voz id a la apertura,

a lo más humano y sagrado.

Decidlo: ¡qué vorágine la nuestra!, ¡qué pasión de labio y tierra!,

¡qué sentimiento de verdor y anhelo!

Hubo una campana, ¡cómo no!, hubo miles en los templos,

en pirámides de hombres azuzando al Dios en celo;

pero hubo una desde el hombre

repicando a pleno vuelo.

Dobladla ahora, campanarios, tocadla en serio.

Volcad a la punta de los templos su sonoro estruendo,

al hombre terrenal y libre,

al hombre universal de siempre. 9

¡Injertad en la palabra el poder aumentativo!

¡Injertad en el hombre al hombre sustantivo!

¡Injertad en la poesía el placer imperativo!

Id a la corteza, campanarios,

a la terrenal sumatoria del vestigio.

Decid: ¡qué vorágine y qué vicio!

Vestid la tarde y amuebladla con futuras canonjías,

y desparramad de nuevo al hombre

en la conquista de su orbe.

Hubo una campana, ¡cómo no!,

y el hombre tocándola infinito.

IV

Discurro el verbo de la letra,

la voz intacta de la jerga, el habla de la lengua.

¿Cuántos Quijotes levantaron a la España

cuando el polvo le asolaba

y sin yermo ni escudero, en la llanura, 10

fue a la mar a bregar con la palabra?

Discurro nuevamente la poética:

el hombre es el jinete, el molino y su lancera;

el cóndor salvaje es la centuria de las piedras;

el águila morena, clavándose osadamente,

es la fiebre volcánica acerada.

Un día me entregaron el ave, ¡oh poeta!,

el ave pájaro, el ave mundo, el ave pajarera,

obviamente lo era por su pico,

por su garra de plumífero y ladrido,

por su esbelta cabellera Azteca y de granizo

-digamos, si acaso, que era blanca blanquecina,

y pintaba en blanco su perfil de níveo golondrino-;

ahí escuché a la patria sin fronteras, sin filtros ni obeliscos,

simplemente era un terruño,

el suelo entero en sus bramidos.

Dirán, entonces: ¡eres mexicano!

No señores, no es por eso. El santo al santo no alarga la liturgia.

Discurro, y luego explico. 11

España: ámame en tu tierra, en tu montura,

en tu flamenca escudería, en el confín de tu armadura,

en el galope aciago hacia la vida,

en la espada o en la crin de la ventura.

América: láteme, envuélveme, inscríbeme,

abraza mi mejilla, hinca tu poderosa hormona en mis rodillas,

acaríciame la oreja en el portal que vibra,

en tu misma América de arcilla:

la de Darío, la de Sabines,

la del ungüento de Úrsula en su silla,

la de Pedro Páramo sonriéndole al camino.

Patria… mi poesía:

órbita de luces y espuma gentilicia.

Diré, ahora: mis Méxicos queridos;

los del aire y los eternos,

los de escudo blanquecino,

los de túnica de niño, los de guaba y de membrillo,

los de ocote encendido.

Siempre hubo, contaré, costilla en mi costilla

y vértebra en mi herida; 12

la patria que llevaba mi sangre guarecida

y la mía encendida,

y el beso de un vocablo naciendo en mi saliva.

¡Qué humano, insisto, qué humano el que camina:

libre, y en él vive y desvive poesía!

Más allá de tus fronteras, patria,

en la nada que es el todo,

en el todo que es lo nuestro:

padre nuestro el de los siglos,

padre al hijo en tus dominios,

padre santo en los delirios;

encuentro en ti, tierra, mi poesía.

¡Padre hermano el de tus hijos;

Padre nuestro el de mis niños!

V

Querría, ahora, al hombre, guardarle el corazón si se pudiera,

sembrarle un pajarillo en la cabeza

y cantarle a trino, en el hombro, a que sonriera. 13

Querría, nuevamente, un previo suyo,

después, antes de él, y ante él, en su presencia;

un cañón triunfante que pómulos lloviera,

la campana que hormigueara en un tobillo

y el péndulo en el labio, desfilando.

Querría esa mano que el bronce contuviera

y extenderla, exacta, precisa, a otra mano con su biela.

Y la campana, en el gemelo, en la esfinge,

resonando y restallando,

tajada entre cabellos, y a un abrazo abrazando.

Querría bambolearla y tocarla, liberarla.

Y que el hombre, en su oído, en su frente,

en su tejido interrogante,

doblara estrepitosa, y a sí mismo se escuchara.

VI

Hubo un hombre homínido, humano, algo terrestre,

-y no hablo de aquel sátiro inhumano 14

que no otorga permanencia a la vida en estos lares-;

intuyo: era voluntario de hombros y de huesos personales,

de vida viva, de vergüenza en la camisa.

Vino de la Europa. Sí, patria y patria siempre fue la España:

la madre arcaica y camarada,

(ofrezco mis costillas al Goya hambriento de sus hijos;

regalo mi vértebra, una parte, a cada poro en la Guernica).

Explico: era residente provinciano, del sur, del norte, de la América;

hilaba sus dedos en la tierra matutina

y vestía de polvo, todo el día, toda su agonía.

Sucede luego que la patria…

aquella de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo y extendida:

patagónica en los dientes, amazónica en la lengua,

lacandona en la hebilla, continental en la mejilla.

Sucede, ciudadanos, que pizcó el sable de insurgente

(aclaro, como al mes el calendario,

como madre al hijo nato que llora y sorbe sus encantos).

Insurgente de medallas en las uñas,

procesal veterano de las patrias: ¡Larga vida!

Y no es por él tan sólo. 15

También al siglo, al árbol, a la hierba,

a las horas del segundo, al horario del minuto,

a las manecillas a destiempo: ¡Larga vida!

Recurro a tu boca y me descubro.

Dejo al inframundo los inquisitoriales términos del habla,

infames verdugos de la letra,

látigos quemados del acento. ¡Pobre espada!

Y digo eso en los sepulcros de gramáticas vencidas

-aún la muerte se imagina a sí misma con su propia idolatría-.

¡Ay de aquel y todos esos muertos! ¡Ay de aquel y todos esos yertos!

¿Añoranzas? Siempre. A veces. Solamente entre sus deudos.

Insurgente de pies a la cabeza,

de la espalda a la orilla

y de la orilla a la saliva:

cuando escucho que recorren las lápidas de grilla

y no dejan florecer conceptos:

¿qué patria es ahora?,

¿qué rúbrica de suelo a la calma le violenta?,

¿quién es el que oferta a la muerte una lira? 16

Dices: ¡donde haya un hombre hay patria y poesía!

¡Vamos, que dejen al mundo acariciar su savia casi extinta,

su valiente fauna escondida,

su suave ortografía acumulada!

Insurgente de pies a la semilla, de pies a la deriva,

si algún día, por descuido, apatía, dejadez o abandono,

tu muerte cadavérica y accidental a la muerte sorprendiera,

estoy seguro correría el astro rey junto a sus hijos

y al tercero nuevamente calentara;

la gallina todo el día cacareara,

y el huevo, tibio aún por verso y letra,

su yema copiaría de pies a la semilla,

de pies a la deriva,

de hombros a la cima,

y a la muerte aquietaría.

Insurgente de pies al epicentro, de cabeza al firmamento:

¡que no corra el pie en puntillas estando en la camilla,

ni el lumbar alce la vista a la espinilla!,

¡que el temblor de un árbol no tire a la semilla!,

¡duerma el día bisiesto! 17

Cuando cantes, ¡hazlo ahora!

Cuando rías, ¡hazlo ahora!

Cuando pienses, ¡hazlo ahora!

Cuando vivas, ¡hazlo ahora!

¡Larga vida, insurgente!

¡Larga vida a la vida!

VII

Un hombre toca,

un hombre dobla su péndulo en la cima

y hace que baje el temblor con que le miran.

Un hombre toca, un hombre tañe,

y otro hombre se le arrima.

El toque dobla las campanas ya vencidas.

Un hombre solo a un pueblo se le arrima,

y los ojos tiemblan, batallan y le esquivan.

Un hombre solo cruje y castañea,

y el péndulo temblando le repica. 18

Otro hombre presta su garganta y tintinea.

Un hombre solo a un pueblo va y le mira,

y los péndulos, mirándole, le tocan y le vibran.

Y el hombre, sollozante, tiembla de alegría.

VIII

Hay un verso universal:

el hombre, Sartre, el hombre: único, atemporal y coherente;

el ente del ser y la esencia en su dominio;

péndulo y bronce que tañe y predomina.

¡Suenen las campanas!

La boca magna, la boca infinita;

cósmica patria, verso de poesía.

Y el hombre, ¡libre!, ¡libre!,

en las campanas de armonía.

¡Suenen las campanas!

¡Todas las campanas!

¡Qué retumben todas: 19

entre las gargantas,

entre el mar de bocas,

todas las campanas,

todas liberadas!

Y el hombre: ¡libre!, ¡libre!;

como péndulo golpeando

con sus iris de campanas.

16 de septiembre

Todas las campanas,

todas levantadas,

como mil trompetas,

como mil gargantas,

como mil estrellas

en la voz despierta,

todas juntas, todas,

en un grito ardido,

en una torreta de almas,

agitando todas, 20

todas las campanas.

Como un mar de ellas,

bajo un sol de hierba,

sobre el surco en casa,

en la hacienda y plaza.

¡Todas las campanas!

¡Todas, todas ellas,

suenen la batalla!

Como mil cenzontles,

como mil gorriones,

como mil soldados

en los litorales,

como mil guerreros

desde los maizales,

como mil timbales

para las señales.

¡Toquen, toquen, toquen,

todas las campanas!

¡Todas las que agiten!

¡Todas, todas ellas! 21

Que la mar les oiga,

que el maíz les prenda,

que del campo nazcan

todas acuerpadas,

cada una de ellas

azuzando brasas.

¡Todas las campanas!

¡Todas, todas ellas!

Juntas como hebras,

como fibras todas,

como mil amarras

de metal forjadas.

Que la tierra hierva,

que la tierra aclame,

que la tierra nombre:

¡todas, todas, todas,

todas las campanas!

¡Todas juntas ellas!

¡Todas como fieras!

Como fiel guerreras.

Todas y sonoras, 22

como un mar de almas

liberando marchas.

Miguel Hidalgo

Viene ya sonando junto a su sotana,

levantando bronce, conjurando espinas,

redimiendo trinches, liberando oriundos.

Viene un cura en manta sobre la montaña.

Desde Zacatecas, bajando hacia el valle,

sobre Aguascalientes, Salamanca airado.

Lo siguen los cerros, cuarenta mil bravos,

con todas sus pencas y el machete al lado.

Gritan los poblados:

¡Ya viene el cura con sus levantados!

Mazorca en mano, huarache y rosario,

se oyen polvorientos eximiendo cerros.

Plegaria de campo cuando llega orando,

plegaria de abajo ya sin más candado. 23

Y dicen pobladores:

¡Ya viene el cura con su mar de alzados!

¡Ya viene atizando nuestros campanarios!

¡Vámonos alzando con sotana negra,

que el mensaje expanda a los libertarios!

¡Vámonos de hábito sin usar sagrarios!

¡Vámonos juntando en un millón de manos!

Ya vienen los curas sin corceles blancos,

y uno de ellos, con rosario en mano,

se quedó atizando nuestros campanarios.

¡Vámonos al monte de sotana y picos,

a blandir machetes y la azada ancha!

¡Que los sables toquen y repiquen y oren,

que rezando "patria" viene un cura,

con machete y ostia, encabezando el frente!

Salvador Pliego . Nacido en la ciudad de México. Con estudios en Antropología Social y una Maestría en Sistemas de Computación. Como escritor inicia su carrera a finales de 2005 y desde entonces ha publicado los siguientes libros: "Flores y espinas", "Claro de la luna", "Encuentro con el mar", "Bonita… Poemas de amor", "Libertad" y los cuentos "Los trinos de la alegría" y "Aquellas cartas de amor".

Fue premiado como segundo lugar en poesía por la ENSL en México y nominado como finalista por el II Certamen Internacional de Poesía "San Jordi" en España, 2006.

A la fecha ha realizado lectura de su poética en Estados Unidos, México, Perú, Chile, Colombia y Argentina.

Publica en revistas de Venezuela, Argentina, Chile, México y en diversos foros y grupos vía Internet. Su poesía ha sido leída en innumerables ocasiones a través de radiodifusoras en diferentes países de Latinoamérica.

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